27 agosto, 2013 | Escrito por Andrea López
Recomendar7,"og_object"

El hombre ha sido capaz de pisar la Luna, de crear naves espaciales con la tecnología suficiente como para desplazarse por toda nuestra galaxia, de construir máquinas inteligentes semejantes al ser humano, y un larguísimo etcétera de invenciones y descubrimientos que nos colocan como la raza animal más inteligente de todas. Aún así, todavía hay cosas a las que no podemos dar respuesta.

Y es que a pesar de la avanzada tecnología y los crecientes conocimientos el hombre no ha conseguido desvelar muchos de los misterios que envuelven a las civilizaciones antiguas. ¿Cómo surgieron? ¿Cómo se organizaban? ¿Por qué construían esos gigantescos monumentos? ¿Qué querían expresar en las inscripciones antiguas talladas sobre la piedra o dibujadas con arcilla, sangre y otras sustancias? ¿De dónde venían? ¿Por qué desaparecieron?

Son muchos los interrogantes a los que hay que hacer frente y pocas las respuestas. Si bien es cierto que la historia convencional intenta subsanar estas dudas, hay datos, monumentos y mensajes que no es capaz de explicar.

Por suerte hoy en día todavía podemos visitar los vestigios de esos lugares tan mágicos que se construyeron hace cientos de miles de años. Por suerte todavía podemos embriagarnos con el aroma que se desprende de cada manifestación artística pasada para tratar de interpretar por nosotros mismos el eco de sus rumores.

Pero para llevar a cabo esta tarea, la de intentar encajar todas las piezas del rompecabezas de la historia de la humanidad sin dejar ningún dato a un lado, es necesario partir de un itinerario que muestre los mayores enigmas de la historia.

No se puede hablar de este tipo de temas sin detenernos en una de las civilizaciones más emblemáticas de la historia. Se trata del pueblo egipcio. De éste hemos heredado una nutrida mitología llena de mágicas historias, un sistema de escritura basado en complejos jeroglíficos, una estructura social fuertemente jerarquizada en la que el faraón sobresalía por encima del pueblo egipcio, y sobre todo un deseo fuertemente acentuado por dejar grabado en el eje de la historia su existencia y sus proezas.

Tanto es así que esta civilización construyó los monumentos más portentosos de todos los tiempos: las pirámides.

A lo largo de la historia de Egipto se ordenaron construir cerca de 120 pirámides, alguna para faraones y otras para reyes y princesas. De muchas de ellas se tiene constancia por escritos y descripciones presentes en algunos papiros encontrados en labores arqueológicas y ya no queda ni una sola piedra erigida en el lugar donde un día se levantaron. Otras tantas han ido sucumbiendo al paso del tiempo y han terminado desvaneciéndose.

Pero las más importantes son las tres grandes pirámides de Giza, que supuestamente fueron erigidas para servir de cenotafio o tumba a los faraones Keops, Kefrén y Micerino.  La más conocida, ya que es la que se conserva en mejor estado, es la Gran Pirámide de Giza, construida durante el reinado de Keops entre el 3.000 y 2.500 a.C.

Se encuentra en la meseta de Giza, a las afueras de El Cairo, y es considerada una de las Siete Maravillas del Mundo.

Mide 150 m de altura, el equivalente a 40 pisos en un edificio moderno, ocupa un espacio de 5 hectáreas y está construida con bloques de piedra de entre 2,5 toneladas de peso y 60. A menudo empleaban piedras de granito que provenían de las canteras de Elefantina, a unos 900 km de distancia desde las pirámides.

A pesar de que la historia tradicional atestigüe que estos monumentos albergaban en su interior los cuerpos momificados de los faraones, nunca se han encontrado  los sarcófagos de ninguno de ellos, por lo que la finalidad que tenían las pirámides todavía no es demasiado clara.

Sobre el modo de construcción existen varias teorías. Algunos especialistas creen que los egipcios construyeron amplias rampas por las que iban arrastrando los bloques. Otros creen que erigieron gradas múltiples para trepar por ellas e ir levantando la pirámide con ayuda de utensilios simples de madera y piedra.

En cualquier caso, el simple hecho de construir una rampa equivalente a un edificio de 40 pisos de altura ya es por sí solo una proeza, y también el doble de trabajo.

Sobre el tiempo en el que se tardó en construir algunos papiros testimoniales hablan de aproximadamente 20 años. Pero la comunidad científica y arqueológica no autentifica este dato porque físicamente resultaría  un reto inasumible.

El pueblo egipcio, además, no contaba con un sistema de orientación avanzado, como por ejemplo las brújulas, y aún así las cuatro paredes de la Gran Pirámide miran a los cuatro puntos cardinales con una alta precisión.

El interior del monumento también presenta algunas piedras talladas en ángulos perfectos y orificios con una profundidad 200 veces superior a la que actualmente conseguiríamos con un taladro de punta de diamante.

El descubrimiento más enigmático, sin lugar a dudas, fue el llevado a cabo por Robert Bauval, investigador egiptólogo, en 1994. Descubrió que las tres pirámides de la meseta de Giza están alineadas con exactitud a la constelación de Orión. Estudiando los Textos de las Pirámides, Bauval  pudo saber que los antiguos egipcios tenían a esta constelación como el equivalente celestial del díos Osiris, y su cinturón era una especie de puerta a través de la cual el faraón podía pasar para llegar al Amenti, es decir, al más allá.

Otro de los factores a tener en cuenta en la construcción de estos monumentos es la presencia continua de factores y números matemáticos que, según la historia convencional, no se descubrieron hasta siglos más tarde.

Es el caso de la presencia del número pi, descubierto presuntamente por los griegos. Esta cuantía se manifiesta en los cálculos realizados para establecer las medidas de la Gran Pirámide. John Taylor, un piramidólogo británico, demostró que el perímetro de la pirámide dividió entre el doble de su altura equivale 3,14159 26535, es decir, el número pi.

Estas increíbles características son las que han inquietado a arqueólogos y científicos, dejándolos profundamente frágiles ante una civilización que vivió hace más de 3.500 años.

Con todas las evidencias en las manos, es difícil lanzar una teoría sobre estas enigmáticas edificaciones que abarque todas las pruebas y no escape a la lógica humana.

Otra de las civilizaciones sobre las cuales existe un gran misterio es el pueblo maya. Se establecieron en Mesoamérica entre el 2000 a.C y el 250 d.C. Fueron los primeros en desarrollar el lenguaje escrito en América y destacaron por sus conocimientos sobre las matemáticas, la astronomía y la arquitectura.

adivino

Se asentaba sobre la actual Guatemala, México, Honduras, Belice y el Salvador, hecho que explica la influencia que estas zonas recibieron de los mayas.

Al igual que la sociedad egipcia, los mayas también se estructuraban jerárquicamente, aunque no de forma tan marcada. Vivían de la agricultura y sus conocimientos sobre el medio que les rodeaba permitieron que su productividad, sobre todo la del maíz, aumentara hasta crear excedentes y pudiera liberar de ese modo mucha mano de obra que se dedicaría, entonces, a la construcción de templos y pirámides por la fuerte tradición religiosa de la civilización maya.

Pero donde sin lugar desatacaron fue en la ingeniería, en las matemáticas y en la arquitectura. También desarrollaron conocimientos sobre la medicina que fueron adoptados por los colonos europeos del siglo XVI.

Los conocimientos sobre las matemáticas, área en la cual destacaron por el desarrollo del concepto de 0, ayudaron a los mayas a investigar la cúpula celeste que descansaba sobre ellos.

Era una civilización que con el paso de los siglos consiguió dominar los trucos y rutinas del medio terrestre en el cual vivía. Solo les quedaba un lugar que investigar: el cielo.

Los conocimientos sobre astronomía eran realmente avanzados. Construyeron observatorios a través de los cuales estudiar el comportamiento de los astros. Gracias a su dedicación consiguieron prever eclipses, adivinar el comportamiento y la rutina de algunos astros, y establecer un calendario de 365 días que preveía los movimientos de la luna y del resto de planetas. En efecto, tenían un concepto del tiempo en forma de espiral.

Es en este aspecto en el que los arqueólogos no se ponen de acuerdo. Y es que los relatos culturales y religiosos que nos llegan de esta época hablan sobre las creencias de esta civilización y ponen sobre la mesa historias sobre dioses que descienden del cielo para enseñar a los seres humanos.

Son múltiples las representaciones escultóricas que los mayas realizaron sobre lo que ellos interpretaban como sus dioses. Parecían tener la firme creencia de que estos seres que descendían de los cielos los protegían y volverían para ayudarlos.

En 1952 se descubrió la tumba de Pacal, uno de los principales reyes de esta civilización, en el Templo de las Inscripciones de Palenque. El sarcófago alcanza las 20 toneladas de peso con tres metros de largo por dos de ancho. Sobre él descansa la lápida, un monolito de 3,79 metros de largo por 2,20 metros de ancho y casi 30 centímetros de grosor.

En la lápida de Pacal se puede apreciar al Rey montado en una especie de vehículo propulsado y manejando unos pedales. Además, parece dejar el mundo terrenal para despegar hacia otro lugar respirando a través de una boquilla por la que parece entrar aire. Está rodeado de motivos geométricos y parece que sobre él se abra un núcleo de complicados engranajes y piezas que en la época no existían.

También se han encontrado estatuillas en piedra de seres humanos que visten indumentarias semejantes a las que llevan actualmente los astronautas: con cascos y mascarillas a través de las cuales respirar.

Hay teorías que apuntan a que esta civilización fue visitada, en efecto, por los dioses, y que éstos eran seres vivos de otros planetas, quizá de otras galaxias. En el contacto los extraterrenales les enseñarían sus conocimientos sobre las matemáticas, la medicina, la ingeniería y otras materias y les ayudarían a sobrevivir.

Ello también explicaría en afán repentino de los mayas por analizar centímetro a centímetro cada recoveco del cielo.

Quizás estas dos civilizaciones y sus monumentos sean de los más conocidos en el planeta. Tanto que es posible encontrar todo tipo de teorías para dar explicación a las piezas del rompecabezas. Pero de lo que no se ha hablado tanto, y no porque sea menos asombroso, son de las antiguas ruinas de Puma Punku, una de las cuatro estructuras de la ciudad de Tiahuanaco, en América del Sur.

Resulta extraño que estos vestigios no sean tan conocidos como la Gran Pirámide o los descubrimientos y tradiciones de los mayas, ya que no merece menos atención.

Estas ruinas son las más confusas de toda la historia del hombre, y aunque en la actualidad tan solo pueda apreciarse su estructura, no dejan de hablar por sí solas. Incluso se cree que albergaron a una antigua civilización desconocida y desaparecida hace 12.000 años.

El elemento que hace a estas ruinas únicas es el aspecto de los elementos que las componen. Las piedras de Puma Punku, de unas 800 toneladas de peso cada una, son de granito y diorita, y el único medio que puede traspasarlas es el diamante.

Si bien es cierto que este alótropo de carbono pudo ser utilizado por esta civilización, aunque no puede asegurarse, no es posible que pudiera tallar a mano cada una de las piedras que se encuentran en Puma Punku.

Estas piedras están perfectamente cortadas, alineadas y pulidas. Muestran ángulos rectos en cada uno de sus cortes y extremos y parecen encajar entre sí. Algunos registros de origen mítico de este pueblo atestiguan que fueron los dioses los que construyeron esa enorme edificación, que vivieron en ella durante algún tiempo y partieron hacia el cielo después, un dato que tienen en común con la civilización egipcia (que creía que en la constelación de Orión estaba la puerta al Más Allá) y la maya (cuyas creencias afirman que unos dioses descendieron del cielo para ayudarles).

Las estatuillas y rostros tallados encontrados en los muros de piedra que constituyen las ruinas de Puma Punku también parecen hacer alusión a seres cuanto menos curiosos. Ojos almendrados y grandes con una especie de elemento aparentemente pesado sobre sus cabezas.

Tiwanaku-stone-wall

Caminando se dice que llegaron los Moáis a la Isla de Pascual. Esta pequeña Isla, conocida también como Isla Rapa Nui, se sitúa en el Océano Pacífico, a unos 3.500 kilómetros de Chile, y alberga las conocidas esculturas de roca volcánica más misteriosas de la historia.

Se conocen la existencia de más de 900, y miden de entre 1 metro a 10 metros, pesan más de 2 toneladas y la más pesada alcanza las 80.

Las historias de la tribu Rapa Nui cuentan que estos seres llegaron caminando a la isla y se quedaron erigidos con elegancia sobre la tierra para poder vigilar el mar y los cielos y así proteger aquel exótico lugar.

Otras cuentan que las estatuas encarnan los espíritus de antepasados que velan por el bienestar de la tribu.

Pero una cosa es segura: el enigma que rodea el método de construcción de estas enormes estatuas que se levantaron entre el siglo XII y el siglo XVII con un material muy pesado.

Aunque hay varias teorías al respecto, como la utilización de trineos o de troncos, no se ha podido verificar ninguna en su totalidad, al igual que la función de los Moái.

Quizá sea verdad y estén en aquella isla para proteger al planeta. Quizá ellos podrían contarnos más cosas de las que sabemos sobre las civilizaciones antiguas.

Deja tu comentario