30 enero, 2014 | Escrito por Mireya Lázaro

Con 2.000 años a su espalda, el mayor anfiteatro del mundo se levanta en el corazón de la parte antigua de Roma. El Coliseo, una de las siete maravillas del mundo, ha conseguido hacer frente, a pesar de su deterioro, a incendios, terremotos y saqueadores.

Fue construido por el emperador Vespasiano entre el 70 d.C y el 80 d.C., en honor a la dinastía Flavia en el lugar que había ocupado la viviendo de su antecesor Nerón y cuyas huella se pretendían borrar.

Esta enorme edificación merece una visita larga y detallada, puesto que sus rincones cargados de historia y cultura que te dejarán sin aliento.

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Cómo llegar el Coliseo

Llegar al anfiteatro es muy fácil a través del transporte público de la capital italiana, ya sea con metro o en autobús.

Si eliges el metro, tendrás que usar la línea B hasta la parada Colosseo, que se encuentra justo en frente del lugar.

Si accedes a la zona en autobús, además del turístico, las líneas: 75, 85, 87,117,175,186,819 y 850, te dejarán muy cerca.

Exterior del Coliseo

Nada más llegar te encontrarás con un edificio de 4 pisos, con muchas partes dañadas, pero que aún inspiran la magnificencia de antaño. Las tres primeras plantas constan de 80 arcos con semicolumnas dóricas, jónicas y corintias. Mientras que el último piso está formado por pequeñas ventanas.

Es recomendable comenzar dedicando tiempo a admirar este exterior, dando la vuelta a todo el anfiteatro y apreciando toda su perfección técnica.

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Arena e hipogeo

Se sabe que el terreno estaba formado por un óvalo de 75 por 44 metros cuya arena descansaba por una plataforma de madera y cubría el hipogeo, las mazmorras. Hoy en día dicha cubierta se ha perdido y se puede admirar desde la superficie todo el entramado de laberintos donde se alojaban bestias, gladiadores y condenados a muerte.

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Gradas (Cávea)

Este amplio graderío era capaz de albergar 50.000 espectadores ansioso por ver la sangre sobre la arena del Coliseo.
En la visita a su interior podemos observar unas gradas derruidas pero cuya diferenciación aún se aprecia. Y es que estas diferentes alturas se correspondían con el nivel social de los romanos que las ocuparan, siendo las más bajas las ocupadas por los ciudadanos más ilustres.

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Si tras visitar este trozo de historia todavía no te has sobrecogido, solo tienes que esperar a que caiga la noche y admirar su imponente silueta iluminada desde el interior. Seguro que acabarás enamorándote por completo del Coliseo Romano.

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